Tiempo infinito

Yo iba con retraso. No deseaba entrar en el zendo, donde nos reuníamos para la meditación matutina, después de que el maestro Dürckheim lo hubiera hecho. Caminaba por tanto con paso rápido.
Pude alcanzar al maestro, quien avanzaba con cuidado sobre la resbaladiza nieve. Él también estaba algo retrasado esa mañana. En el preciso momento en el que lo adelantaba, se cruzó con nosotros un campesino de la aldea. Pasé deprisa y lo saludé, también deprisa, con un gesto de la mano. Conocía muy bien a ese hombre, pero era necesario que comprendiera que no disponía de tiempo para detenerme.
Advertí que Dürckheim se paraba a saludar al campesino. Una sola ojeada me bastó para ver cómo estaba allí, enteramente presente para ese hombre, tomándose su tiempo para decirle unas palabras.
Yo sentí que él disponía de un tiempo infinito durante algunos segundos. Yo era testigo, mientras me alejaba, de la calidad de ese encuentro, algo que nada tiene que ver con la duración de un encuentro.

Jacques Castermane. “Las lecciones de Dürckheim”.
Jacques Castermane